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La Fe Bahá'í y las profecías |
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Indice de Temas El Fundamento inmutable Investigación independiente
11vo Capítulo del Apocalipsis de San Juan 12vo capítulo del Apocalipsis de San Juan El Verdadero Significado de las Profecías Relacionadas al Retorno de Cristo El retorno de Cristo del cielo La tabla de Bahá'u'lláh a los Cristianos Bahá'u'lláh sobre el Sello de los Profetas
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12vo CAPÍTULO DEL APOCALIPSIS DE SAN JUAN Anteriormente hemos explicado que la mayoría de las veces el significado de Ciudad Santa, la Jerusalén de Dios mencionada en el Libro Sagrado, es la Ley de Dios. En ciertas ocasiones se le compara con una novia, en otras con Jerusalén y en otras con el cielo y la tierra nuevos. Así, el capítulo 21, versículos 1, 2 y 3 del Apocalipsis de Juan, dice: "Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo, Juan, vi que la ciudad santa, la nueva Jerusalén, descendía del cielo de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su esposo. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y Él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios". Observa cómo es claro y evidente que el primer cielo y la primera tierra significan la Ley anterior. Pues dice que el primer cielo y la primera tierra han pasado, y que el mar ya no existe. Es decir, la tierra es el lugar del juicio, y en esa tierra del juicio no hay mar. Quiere decirse con ello que las enseñanzas y la Ley de Dios anegarán la tierra por completo, y que todo hombre entrará en la Causa de Dios, y que la tierra estará habitada totalmente por creyentes. No habrá mar, pues, por cuanto el lugar de morada y residencia del hombre es la tierra firme. En otras palabras, en esa época el campo de esa Ley se habrá transformado en el jardín de recreo del hombre. El suelo es firme; los pies no resbalan en él. Asimismo, la Ley de Dios aparece descrita como la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén. Es evidente que la Nueva Jerusalén que desciende del cielo no es una ciudad de piedras, argamasa, ladrillos, tierra y madera. Es la Ley de Dios que desciende del cielo y de la que se dice que es nueva, pues es evidente que la Jerusalén de piedra y tierra no desciende del cielo ni se renueva; sino que lo que se renueva es la Ley de Dios. La Ley de Dios es también comparada a una novia engalanada con los más hermosos adornos, tal como dice el capítulo 21 del Apocalipsis de Juan: "Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén que descendía del cielo de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su esposo". Y el capítulo 12, versículo 1, reza: "Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida de sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas". Esta mujer es esa novia, la Ley de Dios, que descendió sobre Mahoma. El sol con que iba vestida y la luna que estaba bajo sus pies, representan las dos naciones que están bajo la sombra de esa ley, los reinos persa y otomano, por cuanto el emblema de Persia es el sol, y el del imperio otomano la luna creciente. De modo que el sol y la luna son los emblemas de los dos reinos que están bajo la potestad de la Ley de Dios. Después dice: "Sobre la cabeza una corona de doce estrellas." Las doce estrellas son los doce imanes, promotores de la ley de Muhammad y educadores del pueblo, quienes brillan como estrellas en el cielo de guía. A continuación, el segundo versículo dice: "Y estando encinta clamaba con dolores de parto". Quiere decirse que la Ley pasó por graves apuros, sufrió grandes aflicciones y calamidades, hasta que apareció un vástago perfecto en la persona de la Manifestación esperada, el Prometido, quien es el vástago perfecto criado en el seno de dicha Ley, la cual es como su madre. El niño al que se refiere es el Báb, el Punto Primordial, quien nació en verdad de la ley de Mahoma -o sea, de la Santa Realidad-, quien es el hijo y fruto de la Ley de Dios -su madre-, y quien, siendo el prometido de esa religión, halla su realidad en el reino de la Ley. Pero, debido al despotismo del dragón, el niño fue llevado ante Dios. Pasados mil doscientos sesenta días, el dragón fue abatido, y el hijo de la ley de Dios, el Prometido, se hizo manifiesto. Versículos 3 y 4: "También apareció otra señal
en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete
diademas, y con su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, que luego arrojó sobre la
tierra" Estos signos son una alusión a la dinastía
de los omeyas, quienes dominaron la religión de Mahoma. Siete
cabezas y siete diademas significa los siete países y dominios sobre los que los omeyas extendieron su autoridad,
a saber: los dominios romanos alrededor de Damasco; los dominios persa, árabe y egipcio, conjuntamente con
los dominios de África, es decir, Túnez, Marruecos y Argelia; el dominio de Andalucía, la
España actual; y el dominio de los turcos de Transoxania. Los omeyas gobernaron sobre dichos países.
Los diez cuernos significa los nombres de los gobernantes omeyas (ya que, sin repetir ninguno, diez fueron los
nombres de los gobernantes, esto es comandantes y jefes). El primero de ellos fue Abú Sufyán, y el
último Marván. Varios de ellos portaban el mismo nombre, y así, por ejemplo, hay dos Mu'ávíya,
tres Yazíd, dos Valíd y dos Marván. Si omitimos los repetidos, los nombres se reducen diez.
Los omeyas, el primero de los cuales fue Abú Sufyán, emir de la Meca y jefe de la dinastía,
y el último Marván, destruyeron la tercera parte del sagrado y santo pueblo del linaje de Mahoma,
cuyos integrantes eran como las estrellas del cielo. Versículo 4: "Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba pronta a dar a luz, a fin de devorar a su hijo al instante de nacer." Como hemos explicado anteriormente, la mujer es la Ley de Dios. El dragón estaba cerca de la mujer para devorar a su hijo, y este hijo es la Manifestación prometida, el vástago de la Ley de Mahoma. En todo momento los omeyas ansiaban apresar al Prometido, que debía surgir del linaje de Mahoma, para exterminarlo, pues temían la aparición de la Manifestación prometida, razón por la que deseaban acabar con la vida de cualquiera de los descendientes de Mahoma que gozara de gran estima. Versículo 5: "Y ella dio a luz un hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones". Este hijo ilustre es la Manifestación prometida, quien nació de la ley de Dios y fue criado en el seno de las enseñanzas divinas. La vara de hierro es un símbolo de fuerza y poder -no es una espada- y significa que, con poder y fuerza divinos, será el pastor de todas las naciones de la tierra. Ese hijo es el Báb. Versículo 5: "Su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono". La profecía concierne al Báb, quien ascendió al reino celestial, al Trono de Dios, y al centro de su Reino. Considera cómo todo esto se corresponde con lo sucedido. Versículo 6: "Y la mujer huyó al desierto". Es decir, la Ley de Dios huyó al desierto, aquí representado por el vasto desierto de Hijaz y la península arábiga. Versículo 6: "Donde tiene un lugar preparado por Dios" En efecto, la península arábiga se convirtió en el hogar y la morada y el centro de la ley de Dios. Versículo 6: "Para que allí la sustenten por mil doscientos sesenta días". En la terminología del Libro Sagrado, los mil doscientos sesenta días significan los mil doscientos sesenta años durante los cuales rigió la Ley de Dios en el desierto de Arabia, el gran desierto, de donde ha venido el Prometido. Pasados mil doscientos sesenta años, esa Ley habrá perdido vigencia, habida cuenta de que el fruto de aquel árbol habrá aparecido, y el resultado se habrá consumado. Observa cómo las profecías se relacionan unas con otras. En el Apocalipsis, la aparición del Prometido queda emplazada para después de cuarenta y dos meses, fecha que Daniel expresa como tres tiempos y medio, cifra equivalente a cuarenta y dos meses, o lo que es igual mil doscientos sesenta días. En otro pasaje del Apocalipsis de Juan, se habla claramente de mil doscientos sesenta días, en tanto que en el Libro Sagrado se dice que cada día corresponde a un año. Nada podría ser más claro que esta concordancia entre las profecías. El Báb apareció en el año 1260
de la hégira de Mahoma (la hégira es el acontecimiento que marca el comienzo del calendario universal
del Islam). Ninguna Manifestación ha contado con pruebas más
claras que éstas en los Libros Sagrados. Para quien sea justo, la concordancia en los tiempos señalados
por la lengua de los Grandes Seres, es la prueba más concluyente. No existe otra explicación posible
de estas profecías. Benditas son las almas justas que buscan la verdad.
Mas, cuando no hay justicia, las gentes atacan, disputan y niegan abiertamente la evidencia, como los fariseos
que, ante la manifestación de Cristo, negaron con la mayor obstinación tanto las explicaciones de
Cristo como las de sus discípulos. Confundieron la Causa de Cristo ante los ignorantes, diciendo: "Estas
profecías no se refieren a Jesús, sino al Prometido que vendrá más tarde, en cumplimiento
de las condiciones mencionadas en la Biblia". Entre esas condiciones estaba la de que el Mesías debía
tener un reino, debía estar sentado sobre el trono de David, imponer la Ley de la Biblia, y manifestar una
justicia tal que el lobo y el cordero se reuniesen en el mismo manantial. De: "Respuesta a Algunas Preguntas" de 'Abdu'l-Bahá,
pág. 67-72 |